Miércoles 22 de Noviembre | 15:52 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE FALLAS

San José no quiere penas

Un imperativo Juli se alza con tres orejas, López Simón indulta a un Domingo Hernández y la mejor versión de Talavante se va andando por el mal uso del acero

MARCO A. HIERRO

El Patrón no quiere penas, dicho está. Por eso remata los carteles cada ciclo fallero con los toreros de más capacidad, los adereza con las divisas de regularidad contrastada y -por si no es suficiente- coloca en el palco a otro santo de su cuerda para que la benevolencia de Valencia eleve el ratio de trofeos en una feria que hasta hoy había rallado en una grisácea mediocridad. Pero no quiere penas San José, que bastantes tenemos una vez abandonada la plaza.

Hasta las tejas estaba el tendido para aplaudir a la terna, porque reservaba el cartel lo mejor para el final. Con El Juli, Talavante y Simón en el último paseíllo no necesitaba San José ni dádivas ni palcos, porque éstas al final juegan en contra de tres tíos que revalidaron nombre y sitio aunque no hubiesen cortado nada y de una vacada que no necesita regalos para permanecer en la cima. De triunfal -como hubiese sido el festejo- a triunfalista -como lo hizo el palco- media sólo el error de un presidente que debió querer su minuto de gloria al lado de los toreros.

Y no merece ese tipo juntarse con un Juli en inmenso crecimiento en cada una de sus faenas, imperioso con los animales y certero en las soluciones para demostrar por qué manda en esto. Fue el orgullo de figura del toreo el que le reventó el pecho con el cuarto cuando su proceder gazapón e incómodo se le deslizó por la muleta sin entrega ni concierto. Lo dejó el madrileño sin atosigarlo, pero echando abajo el trapo para pararle las intenciones y las pezuñas. Allí lo hizo suyo. Faena de construir primero limando esquirlas y emerger después, poderoso, sobre la adversa condición del de Domingo. No le importaron los tiempos muertos entre serie y serie de cara tapana y máxima convicción, porque fueron necesarios para que no parase después. Y entonces salió la muleta por delante y por detrás, en un circular inmenso que no acababa allí porque ya esperaba la bamba vuelta del envés sin enmendar el sitio de las plantas enterradas. Poderoso Julián, sabedor de su inmensa capacidad para hacer que rompan los toros. Y para cautivar a un tendido que ovacionaba en pie cuando había perdido la esperanza nada más ver la mediocridad del toro. Ahí salió a relucir también la del palco, que sacó un pañuelo azul incomprensible del que se acordaba el respetable cuando paseaba Julián las dos orejas. Inaudito.

Antes le había cortado una oreja al abreplaza, con el que se dobló en el inicio muletero con tanta suavidad como poder. Ofreció tiempo Julián, para citar con toque fuerte y en la misma cara, empeñado con razón en que no parase el funo en su espeso pasar. Y allí gana siempre la precisión del de Velilla, que supo, además, apretar en los embroques y siempre muy por abajo a un animal que llegaba dormido y corría el peligro de aburrirse y claudicar. Antes lo despenó Julián de estocada efectiva para pasear su primer pelo. Porque San José no quiere penas y ahí tiene en Julián a su mejor paladín.

Pero quedaba una traca final cuando el colorao sexto saltó con sus cabos finos y su alegre galopar a la arena de Valencia. Pronto y en la mano lo quiso López Simón con el capote desplegado en un saludo largo, de verónica suelta y buena media a la repetición sin entrega del Pasmoso galopón. Le metió el riñon al jaco el colorao de Domingo y cuando derribó a Ángel Rivas empujando con un pitón tenía ya muchas papeletas de llamar a la benevolencia. Las otras -papeletas- que quedaban las había comprado Alberto cuando lo esperó en los medios con impávida figura para un cambiado de verdad que hizo recordar su mejor versión. Necesitaba Simón el triunfo, más por recordarse a sí mismo que por necesidad de contratación, y allí surgió su figura para asociarse con San José y ahuyentar todas las penas.

Fue espeluznante ese cambiado, suficiente para levantar al tendido cuando echó a volar la zurda y embarcar sin vacilación, trazar sin fisuras, vaciar con mando y curva desde el minuto cero. Le puso la barriga Alberto a la buena condición de Pasmoso, hundido de pies, fresco de mente y consciente de su propia necesidad espiritual de cuajar un toro en una plaza de entidad. Variado en el concepto y macizo en la estructura se mostró el de Barajas, largo en el dibujo para aprovechar hasta el límite la movilidad enclasada, el empleo en los finales -que fue a menos hasta salir desentendido- y la profundidad en el embroque que le otorgaba el encaje riñonudo y firme del que vestía de rosa. Tan embriagado estaba de la sensación de toreo que quiso exprimir en exceso los remates tras las series, y siempre sobró uno que intentó y no logró. Daba igual en el epílogo, porque el galope obediente tras la bamba y el envés ya sacaba los moqueros pidiendo vida para el toro. Y como San José no quiere penas, y menos antes de quemar ninots, se fue Pasmoso por donde vino sin ser más que un toro bueno para cuajar con trapo rojo.

Roja era también la franela que manejó Talavante, pero parece distinta incluso en el color. El Alejandro de hoy ha vivido mil vidas hasta llegar a la suya, pero está tan satisfecho con el torero que es que le importa mucho menos no haber tocado el pelo la tarde de hoy. Porque suyo fue lo más importante que se realizó con la tela, lo más encajado que se vio en la tarde y tal vez lo más serio que se le vio en la vida. Es distinto el extremeño, pero también lo entrena. Porque sabe que el cartucho del pescao que le sopló al segundo en el incio puede hacerlo cualquier imberbe que quiera asaltar el trono, pero los naturales de genuflexa planta con que le apretó las tuercas después solo se cuecen macizos en la cabeza de un loco. En la cabeza de Alejandro, al que le vale el toreo para no ofrecer penas aún sin cortar orejas.

Porque estuvo perfecto Talavante en la ejecución, pero mejor anduvo aún estructurando las obras. Es en la mente del extremeño donde radica su mayor virtud, donde se maceran los naturales de fe que le sopló al quinto y el valor que le hizo confiar cuando le visitó la entrepierna por tres veces el genio mirón del quinto. Fue con la chispa descompuesta que le sacó el Garcigrande cuando se vio al mejor Alejandro, que se la echó al temperamental morro como si tuviera virtud. Soberbio de poder, los hizo bailar alrededor de su cuerpo una vez que los venció. Y convenció al profano y al pagano, y hasta al mismo San José, que no quiere penas en su día, a pesar de que saliera andando.

Y así transcurrió la tarde en que se cerraba el ciclo de Fallas, que evidenció una tarde más su defecto de fondo y forma en los que gobiernan el palco. Menos mal que hubo tres toreros para apuntalar el fondo, que no son lo mismo sin pan las penas que no quiere el santo.

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Valencia. Undécima y última de la Feria de Fallas. Corrida de toros. Lleno.

Cuatro toros de Domingo Hernández (segundo, tercero, cuarto y sexto) y dos de Garcigrande (primero y quinto), correctos de presencia. Obediente y humillador pero espeso el primero;con más fondo que fuelle el humillador y franco segundo;de buen aire y fuerza justa el manejable tercero; de humillación sin entrega el gazapón pero obediente cuarto; descompuesto, rebrincado y mirón el pasador quinto; con clase y motor el sexto, de nombre "Pasmoso", premiado con el indulto. 

El Juli (purísima y oro: oreja y dos orejas. 

Alejandro Talavante (verde hoja seca y oro): ovación y silencio. 

López Simón (fucsia y oro): silencio tras aviso y dos orejas simbólicas. 


 

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